jueves, 2 de febrero de 2017

Silencio. (Martin Scorsese, 2016)

Recomiendo verla con 3 kilos de paciencia y habiendo dormido bien la noche anterior. Porque la última de Scorsese se aleja de sus últimos trabajos en cuanto a ritmo y disfrute. El consagrado director nos sumerge en un tedioso y dilatado viaje de imágenes preciosistas y virulentas, mensaje moralista y reiterativo, elegante pero plomizo, bien presentado pero narrado como si fuera un sermón apasionado y sin opción a réplicas. El resultado es un castigo al espectador, que sufre junto a los personajes de Andrew Garfield y Adam Driver las mismas consecuencias de la fe ciega en lo que va buscando al emprender el visionado, y cuya respuesta es el silencio tanto divino tanto del director. 

Aunque la intención de hacerla larga sin parangón atiende a la misma razón de las 3 horas de 'El lobo de Wall Street' (esto es, ahondar en la idea del exceso), las secuelas que dejan en quien ve ambas obras son bien distantes. Mientras que en la protagonizada por DiCaprio salí aliviado, no por las risas o el entretenimiento, sino porque aquella mantuvo mi atención constante, en este calvario no pude evitar bostezar y mirar la hora en varias ocasiones. Quizá la comparación sea injusta, pero me sirve para explicar que no por volverse más personal o profundo uno se convierte en mejor. Para ilustrar esto me remito a que aunque la intención es precisamente la contraria, alguna risa parecida a la que me arrancaba con la de los brókers corruptos sí que se me escapó debido a su excesivo drama e intensidad, en vez de sobrecogerme. Esto resulta letal y me saca por completo de lo que Martin me ofrece.


No es una película para mí. Admito que los dos actores principales, cuyos papeles son de jesuítas del siglo XVII que van a Japón a convencer a una sociedad predominantemente budista de que la religión verdadera es la cristiana y que por ello recibirán palos y castigos gore por todos lados, están comprometidos y muy seguros en su trabajo, y seguramente sea lo más destacable del conjunto aparte de ciertas imágenes impactantes. Si bien Liam Neeson no me convence, puesto que su interpretación está dotada de la inercia que arrastra desde hace unos cuantos años. Y la labor artística también está consagrada por una esmerada fotografía y ambientación. Ahora bien, entre escena importante y escena importante pasan unos 40 minutos de hastío, no sé yo hasta qué punto merece la pena ese agotamiento, que resulta hasta cruel.


Por otra parte, es palpable la reminiscencia al cine de Ozu, de Kurosawa o incluso de Bergman, autores ya de por sí difíciles, pero cuyo sello es propio e intransferible. A mí Scorsese me gusta, pero cuando es él mismo y no una emulación de otros genios. Porque esta película la veo más cercana a la pretenciosidad que a sacar partido de la obra de aquellos. Y con lo dinámico y virtuoso que es el italoamericano, capaz de moverse en terrenos tan opuestos como los de su cine de mafia, o sus cuentos como el de 'Hugo', más psicológico como 'Taxi Driver', o en el propio terreno de la religión como 'La última tentación de Cristo', su intento de insinuar a viejos profesores renunciando a su propia identidad me resulta facilón. 


Me defrauda en cuanto a que entiendo que la intencionalidad está lograda, pero habiendo renunciado a la emoción. Todo me resulta frío y me resulta indiferente. No entro al juego, y me alejo rápido de los personajes y sus inquietudes. Un esfuerzo cinematográfico de tal magnitud bien hubiera merecido que su autor y responsable máximo hubiera trabajado las herramientas para enganchar al público en vez de hacerle pasar por tal penitencia. 

6/10


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