sábado, 19 de noviembre de 2016

Perdición. (Billy Wilder, 1944)

Película definitoria (que no definitiva) dentro del cine negro. Aunque ya había películas que habían ido trazando sus señas de identificación, los rasgos del género quedan amueblados por un Billy Wilder muy académico y purista, muy limpio en la escritura, que derrocha elegancia sin dar de lado a la pasión.

El esqueleto de la película es puramente industrial, un guion básico, de corta y pega, como se solía hacer en el Hollywood más clásico y que definió sus grandes obras, donde había largas horas de oficina previas a los escuetos y cortos rodajes. 'Perdición' refleja perfectamente esa máquina, ese laborismo, que parecía sacar las historias de fábricas en cadena. Y es parte del encanto, el ver que la estructura funciona innumerables veces, pero que cada maestro tiene sus métodos, su encanto y convierte en fascinante la carencia de originalidad narrativa. Wilder se vale de tres actores geniales: Fred MacMurray, de cuyo personaje parte el punto de vista y en el que es importante la involución de tipo seguro de sí mismo a tipo abocado a la autodestrucción debido a su arrogancia inicial; Barbara Stanwyck, cuya inocencia inicial la convierte después en una Femme Fatale inesperada, maquiavélica y traicionera; y el mejor de los tres, Edward G. Robinson, actor que por aquella época parecía estar en todas partes, y que pese a ser el supuesto villano de la pareja anterior, con su antagonismo termina empatizando el espectador, pues es el personaje cuya moral permanece imperturbable.


La película está rodada con la habilidad propia de un cirujano, y su ritmo va como un tiro, la exposición de los acontecimientos que se van sucediendo es un hito. El perfeccionismo en la planificación, la escenografía, los diálogos o la iluminación son claves para que tal arquetipo de película no se quede en tal. Por otra parte, el flashback en el que está inmersa la historia, pese a desvelar el final desde el principio, sabe mantener la intriga. Pero me saca de mis casillas que sea contado mediante voz en off. Entiendo la funcionalidad de enfatización que se hace de él, pero yo soy de los que apuestan por la máxima "si puede contarse con imágenes, las palabras sobran". No quiero ver cómo alguien entra en una habitación, y haya un diálogo que me lo reitere. Por mucho que se quiera subrayar el sentido de primera persona en el que se enclaustra la narración, ya estoy viendo lo que sucede, gracias. Y en parte es por eso que este clásico no me resulta excelente.


Si nos embarcamos en el ejercicio de hacer borrón de toda nuestra cultura audiovisual posterior a la película, obtenemos una obra intachable. Pero el tiempo también ejerce de juez, me temo. Irreprochable su calidad técnica, estética, artística, interpretativa. Pero ha sido superada. Lo cual no le quita el logro de ser una obra de visionado fundamental.

7,75/10


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